De niño, con
apenas siete u ocho años, tener un cojinete entre mis manos significaba mucho
más que una simple pieza metálica, simbolizaba tener un juguete que podía
convertirse en algo más, llegar a construir un patinete con mis propias manos,
eso era, sin lugar a dudas un sueño que llegó a suceder y luego deslizarme por
una calle con pendiente…, comprendí que eso si era la felicidad, una felicidad
que aún mantengo en el recuerdo.
Como apuntó
Galileo Galilei, padre de la astronomía moderna, de la física moderna y de la
ciencia moderna en el siglo XVI, dijo: “Existen dos tipos de mentes poéticas:
una apta para inventar fábulas y otra dispuesta a crearlas”. Estaba dispuesto a
crearlas. Pienso que yo, pertenecía al grupo de los que las construíamos.
Un día
escarbando en la caja de herramientas de mi padre, él me dejaba hacer, ya que
consideraba que los trabajos manuales necesitan herramientas y aunque siempre
vigilaba que no me hiciese daño, le enorgullecía que me aficionara a manejar
tornillos, alicates, martillos y demás utillajes. Con una voz cálida pero firme
me decía ¡Cuidado!, mucho cuidado, con sierras, formones y gubias me decía, si
necesitas cortar alguna madera, me lo dices y las cortamos juntos. Una frase
suya que me ha servido siempre: “Nunca pongas la mano delante de un objeto
cortante, siempre detrás”.
Pero un solo
cojinete no bastaba, mi visión era clara, necesitaba al menos otro, así que le
pedí que me consiguiera otro, mi propósito era llegar a tener tres, aunque con
dos podía hacer un patinete de dos ruedas, parece que él sabía mis propósitos,
así que me trajo dos, que con el que ya tenía, podía realizar mi gran proyecto.
Un humilde patinete. Aquel artefacto, torpe quizá en forma, era para mí un
prodigio de ingeniería.
Los cojinetes o
rodamientos a bolas, son una maravilla de la mecánica, dos coronas metálicas,
una interior y otra exterior, que giran con gran suavidad, mediante bolas o
cilindros, permiten así la rotación de objetos. Sostienen el eje que gira
mientras la corona exterior puede rodar en el sentido que interese. Transfiere
el movimiento, apoyan y guían componentes que giran entre sí. Son piezas
invisibles en la mayoría de las máquinas, pero esenciales ya que sostienen,
transfieren y guían.
Aún se discute
si los egipcios ya emplearon troncos de madera como rodillos situados bajo
plataformas de arrastre, otros lo descartan, ya que, en el antiguo Egipto, en
dibujos encontrados en tumbas, se muestra el proceso de mover grandes bloques
de piedra empleando patines lubricados con algún líquido para el
desplazamiento. Lo cierto es que comprendían el poder del desplazamiento y de
reducir la fricción, sabían que incluso una piedra de gran tamaño, puede
moverse si se aplana el camino.
Es importante
la lubricación para reducir la fricción en cualquier tipo de rodamiento, se
consigue gracias a grasas o aceites minerales.
De hecho, el
propio termino de cojinete viene de cojín, algo pequeño que sostiene peso y le
da descanso.
Los primeros
vehículos que utilizaron estos mecanismos aparecieron entre el 5.000 y el 3.000
a.C., cuando los sumerios tallaron ruedas de madera maciza para sus carros
ceremoniales. Más adelante, en la Roma imperial, hacia el año 40 d.C., en la
villa flotante de Calígula, se emplearon cojinetes de madera en mesas
giratorias: un lujo tecnológico en medio del esplendor decadente.
Mientras tanto,
en la América precolombina, el concepto de la rueda apenas se desarrolló para
el transporte, ya que no había animales de tiro suficientemente grandes. Pero
sabían que las cosas podían girar. Lo aplicaban en objetos rituales, juguetes
con ruedas, calendarios astronómicos, pelotas de caucho… La rueda estaba allí,
simbólica, esperando su momento.
En la
misteriosa Isla de Pascua, los Moáis fueron movidos sobre trineos de madera
deslizándose sobre troncos, una práctica que devastó sus bosques pero que
revelaba una comprensión primitiva del movimiento rodante.
En Europa,
hacia el año 1500, un genio llamado Leonardo da Vinci dibujó en sus cuadernos
lo que más tarde se reconocería como cojinetes a bolas. Y unas décadas más
tarde, otro visionario, Agustino Ramelli, publicó en 1588 su obra "Las diversas y artificiosas máquinas del capitán Agostino Ramelli", donde
presentó diseños mecánicos adelantados a su tiempo: bombas hidráulicas, puentes
móviles, válvulas, y su célebre rueda de libros, una atril
giratorio impulsado por rodamientos, que permitía consultar varios volúmenes
sin moverse del sitio.
En la publicación puede verse también el posible precursor del motor Wankel, un motor de combustión que utiliza un rotor circular que gira en el interior de una cámara, en lugar de los pistones de los motores convencionales.
Sus diseños,
influenciados por Leonardo y Francesco di Giorgio, se convirtieron en referente
del Renacimiento. Sus máquinas no solo resolvían problemas técnicos, sino que,
en sus engranajes, contenían una cierta poesía mecánica.
Otras muestras
como la noria hidráulica, ataguías hechas de pilotes entrelazados, válvulas
cónicas o bombas con cilindros curvos, son algunas de ellas.
Las ideas de
Leonardo pudieron haber sido construidas por Ramelli.
Agustino
Ramelli, un católico devoto, nació en 1531 en Ponte Tresa, Suiza, ciudad del
lago Lugano en la frontera con el Ducado de Milán, en su juventud estudió
matemáticas y arquitectura y sirvió en el ejército de Carlos V, alcanzando el
grado de capitán.
En 1571 se
trasladó a Francia al servicio del Duque de Anjou, futuro Rey Enrique III, éste
lo designo como su ingeniero. Con esa función participó en el asedio de la
Rochelle, en la que fue herido y hecho prisionero por los Hugonotes,
protestantes calvinistas franceses que protagonizaron una serie de guerras
civiles en Francia, luego fue liberado por la intercesión del Duque.
El 7 de abril
de 1572, las fuerzas del Rey atacaron un bastión utilizando un puente de
madera, que es muy posible que lo diseñara nuestro protagonista.
En 1588 publicó
su primer libro “Le timon” con varias láminas, realizando una nueva técnica de
dibujo en la que podían verse los inventos cortados en sección, lo que
facilitaba la comprensión del diseño.
Una de las
mejores publicaciones fue la del libro “Theatrum of Machines” (Teatro de las
máquinas) con casi 200 láminas, fue el más esplendido y completo de todos los
primeros libros del género.
Según la tesis
doctoral realizada por Juan José Prieto Romero “Ingeniería Mecánica en el siglo
XV y su contribución en el descubrimiento de América” Asegura que, si no se
hubieran puesto en práctica estos inventos, los viajes a América habrían sido mucho más precarios , pues fue en esa época cuando se utilizaron por primera vez en
navegación muchos de esos inventos de ingeniería mecánica.
El primer carro
anfibio, se construyó en el siglo XVI para el rey Enrique III de Francia, con
fines militares, se trataba de un carromato, en el que cabían varios
arcabuceros pertrechados con sus armas en una plataforma central. En el agua se
movía gracias a dos ruedas de paletas puestas en el centro, accionadas desde el
interior por 2 o 3 hombres, mientras que la dirección quedaba asegurada por un
timón posterior y en tierra era arrastrado por dos caballos. Con este invento
podían cruzarse ríos caudalosos, dando ventaja con las armas de fuego y el
factor sorpresa que daba el desconocimiento por parte del enemigo.
Sin llegar a la
ingeniería del Renacimiento y teniendo los tres cojinetes, construimos el
patinete con un par de maderas, una a modo de plataforma donde sentarme que le
pusimos un cojinete atrás y un listón de madera rectangular delante que hacía
de dirección poniendo un pie sobre cada rueda, haciendo de freno rudimentario
con los pies, exactamente con la suela del zapato. El eje central de la
dirección era lo que permitía girar la madera de la dirección, con una cuerda
atada a los extremos.
Similar al nuestro, pero el de la imagen tiene dos ruedas en la parte posterior, el nuestro una.
El proyecto
teníamos que probarlo, para ello fuimos a una calle paralela a la nuestra donde
no circulaban coches, la pequeña pendiente permitió, gracias a la gravedad y a
un pequeño empujón de mi padre, conseguir un primer deslizamiento, un muro
aseguraba la frenada, así conseguimos realizar las pruebas pertinentes. Sin
casco ni protecciones, fue como una pista de esquí donde deslizarnos una y otra
vez, cumpliendo sobradamente las expectativas de un niño feliz.
Escribir es
recordar, pero leer también es recordar. (François Mauriac)






